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La quinta velarde
Viernes 01 de Mayo de 2009 23:42

Por los años del 1945, el tío Juan y familia, se trasladaron a Guadalajara, les tocó en suerte instalarse en una casona tipo hacienda, propiedad de un personaje sumamente rico, conocido por el mote de “el burro de oro”, este señor, según se sabe, era poseedor de enorme fortuna, se decía que, ni él mismo, podía calcular con aproximación, los montos de sus cuantiosos bienes.

Me suena exagerada la aseveración de las gentes que aseguraban, que el mencionado, en un alarde de exhibicionismo, se daba el lujo de usar calzado con tacones de oro, además de exagerado, me parece sumamente impráctico y hasta peligroso, usar tacones de material tan rígido, de seguro, la columna vertebral del hombre no era envidiable, sin embargo, pudiera ser verdad el informe, recordemos que, fue común el uso de adminículos de metales finos, para adornar atuendos de los ricos.

“La quinta Velarde”, como era conocido el inmueble donde el tío Juan y familia hallaron cabida, estaba situado en la calle Antonio Bravo, la Calzada Del Ejercito todavía no existía, la Calle Constancia, terminaba frente a la fachada de la finca, el águila del actual monumento a la bandera tampoco se había erigido.

La quinta estaba construida al estilo de las casas de hacienda, constaba de un cuerpo principal con dos pisos donde antaño habitaron los señores.

Numerosos cuartos y recovecos, era principal característica de ese tipo de construcciones, mi tío y su prole, habitaban la parte alta del edificio, el resto de la casa permanecía sin inquilinos, en el huerto posterior cuatro “cenadores”, (construcciones a manera de pérgola o kiosco), se usaron para tardeadas y eventos de solaz, el huerto, de gran extensión y verdura, se prolongaba más allá de la actual Calzada González Gallo, entre los añosos árboles que proliferaban en el lugar, destacaban añosos árboles y muchos frutales; con posterioridad, la gran mayoría de esos magníficos vegetales fueron sacrificados, “en aras del progreso” que demanda espacios libres de vegetación, mi muy particular manera de calificar esa nociva situación, condena la reprobable práctica de no pensar en el futuro, cuando en necesidad de construir refugios para gente, nadie sabe que, las personas no solo necesitan techo sobre su cabeza, también es necesario el follaje de un árbol amigo y protector; como resultado de esa falta de visión, ahora, nos vemos obligados a sufrir represalias por parte de natura, a quien hemos despojado de valiosísimos atributos, sequías, inundaciones etc. es la recompensa a nuestras irresponsables decisiones y abusos.

Cuando conocí la dicha huerta, se notaba que, la propiedad estuvo deshabitada por largo tiempo, a juzgar por el estado de descuido de jardines y construcciones, imagino que, antaño, todo estaba bien atendido por un ejército de servidores.

Durante las vacaciones de escuela primaria, visitaba a mis familiares, me alojaba con ellos en la quinta. Por aquellos días no me interesaba la búsqueda, mi curiosidad por el tema, empezó a despertar, gracias a que todas las noches sin falta, se reunían en el comedor de la casa, el tío Juan y dos de sus hermanos, el tema invariablemente obligado al tiempo de saborear café, era planear la búsqueda de tesoros ocultos, que sin duda yacían dentro de límites de la propiedad.

Ignoro si se habían tomado molestias en verificar información específica, o sus intenciones eran motivadas por la presunción, de que la importancia del inmueble se prestaba a deducciones que en muchos casos resultan reales. Es bien sabido que personas acaudaladas trataron de salvaguardar sus bienes, ocultándolos en entierros dada la inseguridad que prevalecía en todo lo ancho del país.

Mencionado en sus pláticas, me enteré que, apenas un par de meses antes de que la familia se instalara, un joven de nombre Ramón, quien cuidada vacas dentro de los establos de la finca, encontró, según se dijo, “dos barras de oro”, el hallazgo se produjo, al parecer, debido a que Ramón persiguió una rata de gran tamaño, el animal al huir, entró en un agujero en el piso debajo de la escalera principal, el perseguidor, resuelto a ultimar al pernicioso roedor, retiró trozos de ladrillos rotos, debido a hundimiento en el suelo, así, fácilmente avistó las barras y algunos objetos de los cuales no se supo su naturaleza. Como es común en casos similares, después del insólito episodio, el paradero del protagonista se tornó en profundo misterio, el afortunado hallazgo, salvó la vida de la rata y sin duda, cambió por completo el rumbo de la vida del “suertudo”.

Se desconoce la importancia de lo rescatado en cuanto valor monetario, pero es fácil estimar, que fue suficiente.

Atizado por esa información, el interés de mis parientes se vio fuertemente incrementado, las investigaciones se hicieron más coherentes y dedicadas.

Al regresar a mi casa, durante el año escolar, olvidaba las andanzas ajenas y me dedicaba a mis asuntos; transcurrido el periodo lectivo, retorné a Guadalajara para disfrutar parte de mis vacaciones, explorando el huerto de la quinta Velarde, actividad que me era particularmente grata.

Según el dicho de algunos vecinos, en los terrenos del huerto y lugares dentro de la casa, existía un túnel de gran extensión, la utilidad de dicho túnel, no resultaba claro, no se sabía a donde dicho túnel iba, la existencia de esa construcción, jamás se comprobó, no obstante que todo el terreno se fraccionó, se abrieron calles y se construyeron viviendas y otros edificios, por supuesto, a costa de sacrificar cientos de frondosos árboles; la Calzada Del Ejército, es la principal arteria vial que se puso en servicio a través de la propiedad, en la actualidad no quedan rastros de la antigua casa, mucho menos del verde huerto.

Un poco antes de ser demolida la finca, se celebraban bailes y animadas tertulias en el piso superior.

Durante mi última visita, conocí un hoyo de grandes dimensiones. Que mis parientes habían practicado en el piso de uno de los cuartos del piso bajo, estimo que la excavación, medía cuatro metros de lado por dos metros de profundidad, cuando menos, 32m de tierra, pedazos de ladrillos y escombros, fueron extraídos de aquel agujero, la excavación se practicó para buscar un tesoro, que según información proporcionada por una anciana, quien trabajó sirviendo a los patrones, los dineros estaban contenidos en dos cajas con asidero de sogas, que fueron sepultadas en el suelo del recinto, la anciana no conocía el lugar exacto del escondite, debido a que “el entierro”, se hizo a puerta cerrada, el cuarto en cuestión no volvió a ser abierto, permaneció bajo llave y una fuerte cadena.

Debido a que los buscadores sentían absoluta confianza, en lo informado por la anciana, hicieron caso omiso de las erráticas mediciones de su aparato detector, después de pasarlo por todos los rincones y no obteniendo señales confiables, optaron por no insistir en su uso y sin tomar la precaución de conseguir otro detector, para asegurar buena información, se dedicaron a excavar con verdadero vigor, era tal la confianza inspirada por la anciana.

Ocioso es decir que, después de arduos trabajos, los esfuerzos del grupo, no se vieron compensados por el éxito, después de agotadoras jornadas decidieron interrumpir labores, nadie quiso seguir moviendo ni una palada más, por ese motivo, la excavación quedó abierta.

Entre mis familiares, estaba todavía fresca la recién pasada experiencia, no tardaron en ponerme al tanto del desenlace del infortunado giro, del proyecto que tanto tiempo, dinero y esfuerzo les había costado, la suerte no se decidió a su favor “no les tocaba”, hacerse del supuestamente importante tesoro, la fortuna le había escogido otro destino; una semana antes de mi llegada a Guadalajara, para vacacionar, un hombre, de nombre Andrés, quien conseguía sustento diario vendiendo leche de burra, (era muy extendida la creencia en que la leche de burra, posee(¿) gran poder energético y tanto, propiedades alimenticias como medicinales el producto lácteo, era administrado con propósitos curativos a niños y convalecientes), dicho don Andrés poseía tres burras a las que guiaba por las calles, ofreciendo en venta el producto de sus animalitos, después de cada jornada, el peculiar comerciante, regresaba a la quinta, donde se refugiaba en los establos para pernoctar, se ignora si el hombre pagaba renta o hacia uso del lugar.

La suerte, providencia, coincidencia o como queráis llamarlo, con frecuencia genera situaciones por demás insólitas, en el caso que nos ocupa, fue factor plenamente decisivo para determinar el futuro de muchas personas; mis parientes, después del tremendo esfuerzo que les exigió la descomunal excavación, decidieron dejar para después, el trabajo de regresar tierra y escombros a su lugar de origen, las paredes del agujero permanecieron expuestas, se evaporó la humedad de la tierra, al resecarse se agrietó y grandes porciones se desprendieron, sin duda a causa de los desprendimientos, quedaron al descubierto los valiosos objetos, que los excavadores tan afanosamente buscaron.

Según la ley de Murphy, lo improbable sucedió, gracias a ello, el comerciante que ningún interés había mostrado en el proyecto ni los asuntos de los excavadores, fue el único beneficiado.

El viejo, movido quizá por sus instintos de curiosidad, entró en el recinto en cuestión, creo imaginar la expresión profunda sorpresa y júbilo, al avistar las cajas incrustadas en la pared de la excavación; las maderas de las cajas, al ser golpeadas con una piedra de tamaño adecuado, se rompieron revelando su valioso contenido, cantidades de monedas que, al decir de la dama informante, sería de sobra suficiente para convertir a cualquiera en nuevo rico, salieron de los depósitos regándose por el suelo.          

Una vez asegurado el cargamento sobre lomos de dos de sus mulas, el protagonista de tan peculiar episodio, puso pies en rumbo desconocido, quizá debido a la excitación y prisa por retirarse de la escena, una de sus burras quedó abandonada en el establo, su mala suerte le privaba de las comodidades que sus compañeras habrían de disfrutar en el futuro.

Cuando Pancho, hermano del tío Juan, a la vista de las astillas de los maderos que formaban las destrozadas cajas, refiriéndose al infortunado incidente que les privaba de la merecida (¿) recompensa, tronaba lleno de indignación, la vehemencia con que protestaba contra su infortunio, me hizo temer que el exaltado hombre iba a estallar, repetidamente culpaba al “pendejo detector que no sirve para nada”.

No me extrañaría que el bueno de Pancho, presa de justa indignación, haya convertido en astillas el tan llevado instrumento.

Cabe agregar que, el afortunado lechero, hasta la fecha, no se ha tomado la molestia de revelar su paradero, las indagaciones para localizarlo, por parte de los socios, arrojaron nulos resultados, astillas de tablas y unas pocas monedas, quedaron en el suelo de la excavación como mudos testigos del peculiar incidente. 

Última actualización el Lunes 29 de Junio de 2009 18:20